El mundo es plano argumentan hoy los adalides de la globalización, asegurando que las fronteras están desapareciendo. Contraviniendo la moda, Pankaj Ghemawat -uno de los más destacados economistas indios y afamado profesor de Harvard- critica ese optimismo y sentencia que el planeta sigue privilegiando lo local y que la teoría del mundo plano se asemeja a la tesis del fin de la historia proclamada por Fukuyama. "El 90% de los llamados telefónicos, del tráfico web y de las inversiones mundiales es puertas adentro y no entre distintas naciones", dice.
Por Pankaj Ghemawat"Las ideas se difundirán más rápido, obviando las fronteras. Los países pobres tendrán acceso inmediato a la información que alguna vez estuvo restringida a las naciones industriales y que viajaba lentamente... si es que lo hacía. Masas electorales completas sabrán cosas que otrora sólo sabían unos cuantos burócratas. Pequeñas empresas ofrecerán servicios que antes sólo podían brindar las gigantes. La revolución de las comunicaciones es profundamente democrática y liberadora, nivelando el desequilibrio entre grandes y pequeños, ricos y pobres".
La visión global que el economista y periodista británico Frances Cairncross predijo en su libro Death of Distance (Harvard Business School Press, 1997) pareciera estar a la vuelta de la esquina. Parecemos vivir en un mundo que ya no es un conjunto de naciones "locales" aisladas, separadas por altas barreras tarifarias, deficientes redes de comunicaciones y sospechas mutuas. Es un mundo, si hay que darle crédito a los más connotados partidarios de la globalización, crecientemente conectado, informado y "plano".
Se trata de una idea atractiva. Si las tendencias editoriales son un indicador de algo, la globalización es más que una poderosa transformación económica y política: es una floreciente industria. Según el catálogo de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, en los años 90 se publicaron cerca de 500 libros sobre el tema; entre el 2000 y 2004, fueron más de 4.000. De hecho, entre mediados de los 90 y el 2003, la tasa de crecimiento de los títulos relacionados con la globalización se duplicó cada 18 meses.
En medio de todo este boom, existen varios libros sobre la materia que se las han arreglado para lograr una importante atención pública. Durante una reciente entrevista en televisión, la primera pregunta que se me hizo -en un tono muy serio- fue por qué yo seguía creyendo que el mundo es redondo y no plano. Desde luego, el entrevistador se estaba refiriendo a la tesis del afamado columnista del New York Times, Thomas L. Friedman, expuesta en su libro best seller The World is Flat ("El mundo es plano", que lleva 100 semanas en la lista de los más vendidos del NYT).
Friedman asegura que existen diez fuerzas -la mayoría de las cuales facilitan la comunicación y la colaboración a distancia- que están "aplanando" la Tierra y nivelando un campo de juego de competitividad global. Dichas fuerzas no se parecen a ninguna otra que el mundo haya conocido con anterioridad.
Pareciera ser más que convincente. Pero las afirmaciones de Friedman son sólo la última de una serie de exageradas visiones, las que incluyen "el fin de la historia" y la "convergencia de los gustos". Algunos autores de esta "escuela" consideran a la globalización como algo muy bueno: un escape respecto de las antiguas escisiones tribales que han dividido a los seres humanos, o una oportunidad para vender las mismas a todos los habitantes de la Tierra.
Sin embargo, sus argumentos se caracterizan por ser invocaciones emocionales más que racionales, por una dependencia de lo profético, por un despertar semiótico (esto es, tratar a todas las cosas como signos), por un foco en la tecnología como impulsor del cambio, por un énfasis en la educación como creadora de "nuevas personas" y, sobre todo, por clamar a gritos por atención pública.
Pero todos ellos tienen algo en común: están equivocados.
Lo cierto es que hoy el mundo está lejos de estar tan conectado como nos quieren hacer creer estos autores. A pesar de todo lo que se ha dicho -un planeta en el que la información, las ideas, el dinero y las personas pueden trasladarse más rápido que nunca-, sólo una fracción de lo que consideramos globalización existe en realidad.
El retrato que surge de una mirada atenta sobre la forma en que hoy interactúan las empresas, las personas y los Estados es el de un mundo que recién comienza a darse cuenta del potencial de una verdadera integración global.
Y lo que los partidarios de esta moda no dicen es que el futuro de la globalización es mucho más frágil de lo que se piensa.
El mito de la inversión extranjera
Las pocas ciudades que dominan la actividad financiera internacional -Frankfurt, Hong Kong, Londres y Nueva York- se sitúan en la cúspide de la moderna integración global; es decir, están relativamente bien conectadas unas con otras. Pero cuando se examinan las estadísticas mundiales -la generalidad-, el cuadro que surge es el de una extrema conectividad a nivel local y no el de un mundo plano. Es decir, la mayor parte de las actividades económicas está todavía muy concentrada en el plano doméstico.
Un mantra favorito de los adalides de la globalización es: "Las inversiones no conocen fronteras". ¿Pero cuál es la proporción del capital total -que se invierte alrededor del mundo- que las empresas llevan fuera de sus países de origen? La suma total de la formación de capital en el mundo, generada por Inversión Extranjera Directa (IED), ha sido de menos de 10% durante los últimos tres años respecto de los cuales se tiene información (2003-2005).
En otras palabras, más del 90% de la inversión fija sigue siendo doméstica. A pesar de que la ola de fusiones puede aumentar esa proporción, ésta nunca ha llegado al 20%. En un entorno completamente globalizado uno debería esperar que esta cifra fuera mucho más alta, cercana al 90%, según mis cálculos.
Y la IED no es un ejemplo extraño o poco representativo. Los niveles de internacionalización asociados con la migración entre países, llamadas telefónicas, investigación en gestión y educación, donaciones a fundaciones privadas, patentes, inversiones en acciones, y comercio, representados como una fracción del Producto Interno Bruto (PIB), están todos mucho más cerca del 10% que del 100%.
Por ello, si alguien me pide adivinar el nivel de internacionalización de alguna actividad sobre la cual no tengo información en particular, diría que ésta debería acercarse al 10% más que al 100%. A esto lo llamo la "Presunción del 10%". En términos más amplios, éstos y otros datos sobre la integración internacional sugieren un mundo semiglobalizado, en el cual no pueden ser ignoradas las barreras existentes entre los países. Desde esta perspectiva, lo que más sorprende de muchos escritos sobre globalización es el alcance de sus exageraciones.
En resumen, los niveles de internacionalización en el mundo actual están muy por debajo de lo que sugieren los partidarios de la globalización.
Las fronteras sí existen
Si uno creyera en las visiones más extremas de los triunfalistas de la globalización, tendría que esperar ver un mundo en el que las fronteras nacionales son irrelevantes y en el que los ciudadanos se ven a sí mismos como miembros de megacomunidades políticas. Es verdad: las tecnologías de comunicación han mejorado drásticamente durante los últimos 100 años. El costo de una llamada telefónica de tres minutos de Nueva York a Londres cayó de US$350, en 1930, a US$0,4 en 1999. Hoy, gracias a la telefonía por internet, ese valor se aproxima a cero.
La propia red es sólo una de las tantas nuevas formas de conectividad que han avanzado mucho más rápido que el viejo servicio telefónico. Este ritmo de mejora ha inspirado las impetuosas proclamaciones sobre el ritmo de la integración global.
Pero hay un tremendo salto entre predecir estos cambios y aseverar que los costos de las comunicaciones -cada vez más bajos- eliminarán los efectos de la distancia. Aunque las fronteras han declinado en forma significativa, ellas no han desaparecido.
Para entender por qué, es cosa de analizar la industria del software de India, una de las favoritas de Friedman y otros. Friedman cuenta que Nandan Nilekani, CEO de Infosys, la segunda empresa más grande de este tipo, fue su inspiración para la noción de un mundo plano. Pero lo que Nilekani ha señalado en privado es que a pesar de que sus programadores pueden hoy abastecer a Estados Unidos desde India, el acceso a este país está, en parte, asegurado por capital estadounidense que se invierte para conseguir ese resultado. En otras palabras, el éxito de la industria de las Tecnologías de la Información (TI) de India no está exento de restricciones políticas y geográficas. El país de origen importa, incluso para el capital, el cual suele ser considerado apátrida.
También vale la pena ver el caso de la empresa de software líder de India, Tata Consultancy Services (TCS). Friedman ha escrito al menos dos columnas en el New York Times sobre las operaciones de TCS en América Latina. "En el mundo actual, que exista una empresa india dirigida por un húngaro-uruguayo que le presta servicios a bancos estadounidenses, con ingenieros montevideanos dirigidos por técnicos indios que han aprendido a comer ensaladas uruguayas, es la nueva normalidad", escribe Friedman.
Quizá. Pero la pregunta real es por qué la compañía estableció esas operaciones. Ya que trabajé como asesor en estrategia para TCS desde el 2000, puedo asegurar que los motivos vinculados a la tiranía de los husos horarios, los idiomas y la necesidad de estar cerca de las operaciones locales de los clientes pesaron mucho en la decisión. Esto dista bastante del mundo retratado por los partidarios de la globalización, en el que la geografía, los idiomas y la distancia no importan.
Los flujos de comercio ciertamente confirman lo que digo. Considérese el que existe entre Estados Unidos y Canadá, la mayor relación bilateral de su tipo en el mundo. En 1988, antes de que entrara a regir el Nafta, se estimaba que los niveles de intercambio de mercancías entre las provincias canadienses -esto es, al interior del país- eran 20 veces superiores a su comercio con los Estados de su vecino, de similar tamaño y ubicados a distancias parecidas. En otras palabras, existía un "sesgo local" intrínseco. Aunque el Nafta ayudó a reducir la proporción de comercio doméstico en relación al comercio internacional -que era, a mediados de los 90, de 10 a 1-, hoy todavía es de 5 a 1. Estos números se refieren sólo a mercancías; en el caso de los servicios, la proporción es varias veces mayor a favor del comercio local.
Claramente las fronteras -en nuestro mundo aparentemente "sin fronteras"- todavía le importan a la mayoría de las personas.
La derrota de Google
Si existe un ámbito en el que las fronteras deberían ser insignificantes y en el que los adalides de la globalización deberían estar en lo cierto respecto de sus modelos optimistas, ése debería ser internet.
Sin embargo, el tráfico web al interior de los países ha crecido mucho más rápido que el que se da entre las distintas naciones. Al igual que en el mundo real, los vínculos de internet decaen con la distancia.
Puede que las personas alrededor del mundo estén cada vez más conectadas, pero no se están conectando entre sí. El usuario promedio en Corea del Sur puede que pase varias horas al día online -en teoría conectado al resto del mundo-, pero es mucho más probable que chatee con amigos de la misma ciudad -o les envíe correos electrónicos a familiares dentro de su país- a que conozca a un navegante de Los Angeles o de Sudamérica. Estamos más conectados, pero no somos más "globales".
Es cosa de revisar Google, el cual proclama que incluye más de 100 idiomas y, en parte por eso, ha sido clasificado como el sitio web más globalizado. Sin embargo, sus operaciones en Rusia (el cofundador de la empresa, Sergey Brin, nació en ese país) sólo han logrado captar el 28% de ese mercado. El 64% lo tiene la empresa web local, Yandex, líder en servicios de búsqueda en esa nación. De hecho, esta firma y otra -Rambler, también local- representan cerca del 91% del mercado ruso de publicidad online vinculada a las búsquedas web.
¿Qué es lo que ha bloqueado la expansión de Google en dicho mercado? La razón principal es la dificultad de diseñar un motor de búsqueda que maneje las complejidades lingüísticas del idioma ruso. Además, los competidores locales están más sintonizados con los usuarios, desarrollando, por ejemplo, métodos de pago a través de la banca tradicional para compensar la poca penetración que tienen las tarjetas de crédito.
Y aunque Google ha duplicado su alcance desde 2003, tuvo que establecer una oficina en Moscú y contratar ingenieros de software rusos, subrayando la persistente importancia de la ubicación física. Incluso ahora, las fronteras entre los países definen -y restringen- nuestros movimientos más de lo que la globalización las logra derribar.
¿Y qué pasará mañana?
Si para mí la globalización es hoy un término inadecuado para definir el estado actual de integración, existe una contraargumentación obvia: aun cuando el mundo no sea todavía lo suficientemente plano, lo será mañana.
Para responder, hay que ver las tendencias. Los resultados son decidores. En algunas areas, la integración alcanzó sus niveles máximos hace varios años. Por ejemplo, cálculos aproximados sugieren que la cantidad de migrantes internacionales representaba cerca del 3% de la población mundial en 1990 versus los 2,9% del 2005.
Es útil examinar el considerable impulso que los partidarios de la globalización le atribuyen a la avalancha de cambios de políticas que llevó a muchos países -particularmente, China, India y la ex Unión Soviética- a involucrarse en forma más extensiva en la economía internacional. Una de las descripciones de estos cambios de políticas y sus implicancias es la que brindan los economistas Jeffrey Sachs y Andrew Warner: "Los años transcurridos entre 1970 y 1995 y en especial la última década, han sido testigos de la más notable armonización institucional e integración económica entre naciones ocurrida en la historia mundial. Si bien la integración económica aumentaba a lo largo de los años 70 y 80, la amplitud de la integración sólo se ha vislumbrado nítidamente desde el colapso del comunismo en 1989. En 1995, un sistema económico global dominante estaba emergiendo".
Sí, tales aperturas fueron importantes. Pero pintarlas como un mar de cambios es, a lo menos, poco preciso. Es cosa de recordar la presunción del 10%: la integración está recién comenzando. Las políticas que promulgamos nosotros, seres humanos inconstantes, son sorprendentemente reversibles.
Es por ello que "El fin de la historia" de Francis Fukuyama -en el cual la democracia liberal y el capitalismo impulsado por la tecnología supuestamente habrían vencido a otras ideologías-, aparece como una tesis bastante curiosa en la actualidad. Tras el 11 de septiembre de 2001, el choque de civilizaciones de Samuel Huntington pareciera ser al menos un poco más profético.
Pero si uno se mantiene en el plano económico, como Sachs y Warner lo hacen, pronto se atisban evidencias contrarias al carácter supuestamente decisivo de las políticas de apertura y del supuesto nuevo "sistema económico global dominante".
El llamado Consenso de Washington en torno a políticas pro mercado se estableció para enfrentar la crisis cambiaria asiática de 1997 y desde entonces se ha desgastado en forma substancial, por ejemplo, con el giro hacia el neopopulismo en gran parte de América Latina. En términos de resultados económicos, la cantidad de países -en América Latina, África y la ex Unión Soviética- que se han escindido del "Club de la convergencia" (establecido para mejorar la productividad y las brechas estructurales frente a los países industrializados avanzados) es al menos tan impresionante como la cantidad de naciones que se han unido a dicho grupo.
En un nivel multilateral, la suspensión el 2006 de la ronda de Doha sobre libre comercio -que llevó a The Economist a publicar una portada titulada "El futuro de la globalización" y a mostrarla como un barco varado- no es un presagio promisorio. Además, la reciente ola de fusiones y adquisiciones internacionales pareciera enfrentar, en un rango cada vez más amplio de países, un mayor proteccionismo.
Puede ser que tal como estas conductas han cambiado en los últimos 10 años, existe desde luego una posibilidad cierta de que puedan volver a revertirse en la próxima década. El punto es que no sólo es posible revertir las políticas pro globalización, sino que es relativamente fácil imaginar que ello ocurra. Específicamente, tenemos que contemplar la posibilidad de que una profunda integración económica internacional sea inherentemente incompatible con la soberanía nacional, en especial dada la tendencia de los electores de muchos países, incluidos los avanzados, a favorecer "más proteccionismo" en vez de "menos proteccionismo". Tal como lo dijo Jeff Immelt, CEO de GE, a fines de 2006: "Si uno sometiera la globalización a una elección popular en Estados Unidos, perdería". Incluso si la integración entre países continúa con su senda ascendente, es improbable que el camino de aquí hasta allá sea fácil o sin curvas peligrosas. Con toda probabilidad, habrá conmociones y ciclos, e incluso otro período de estancamiento o de cambio de dirección que durará décadas. No sería algo sin precedentes, en todo caso.
Los adalides de la globalización describen un mundo que no existe. Se trata de una excelente estrategia para vender libros. Como estos episodios de engaño masivo suelen ser relativamente cortos, aun cuando logren un amplio apoyo, uno simplemente debería esperar que éste en particular se diluyera. Pero lo que está en juego es demasiado. Es probable que los gobiernos que se compran la visión de un mundo plano le presten demasiada atención a la "camisa de fuerza dorada", enfatizada por Friedman en su libro previo, The Lexus and the Olive Tree, la que supuestamente debería asegurar que la economía importa más y más, mientras que la política cada vez menos. Adherir a esta versión de un mundo integrado -o peor aún, usarla como base para la adopción de políticas- no sólo es poco productivo, sino que peligroso.
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El mundo es plano (2)
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